Monday, May 16, 2011

El Oro del Dragón

El Dragón de Oro, del dramaturgo alemán Roland Schimmelpfennig (el mismo autor de “La Noche Árabe”), está en cartelera en Lima. El Goethe Institut-Lima y el grupo de teatro Ópalo la ponen en escena por primera vez. La obra va de Jueves a Sábado a las 8:00 pm en el Auditorio del Goethe Institut-Lima (Jr. Nazca 772, Jesús María), del 5 al 28 de mayo 2011.

Podría llamarse Meng Wa o El Rinconcito Peruano (estamos en la era de la marca-Perú, no?)...para todos los casos El Dragón de Oro en la obra del mismo nombre es un restaurante tailandés-chino-vietnamita de comida rápida localizado en algún país de la Europa Occidental que promete a sus comensales los placeres de la auténtica culinaria oriental. Esos placeres son producidos por cinco anónimos trabajadores de la China, quienes emigraron en busca de una vida mejor - durante el montaje el público descubrirá que al menos uno de estos individuos es indocumentado, el drama diario de millones de trabajadores convertidos en no ciudadanos en donde sea que emigran. Paréntesis: me encuentro en un Starbucks en Lima y escucho que la chica que atiende grita con voz estridente y pseudo gentileza impersonal: "Té Chai Lette Alto para Álvaro!" Ahí tenemos nuestra idea corporificada de progreso en versión local y ciertamente deformada debido a la anodina imitación del ansiado modelo - económico, sí, pero también social, étnico y racial.

Las repetidas recetas que los cocineros de la línea de montaje Dragón de Oro enuncian parecen versiones diferentes de una misma cosa: la padronización de la cultura dentro de una economía de mercado donde el gusto del consumidor es el objetivo final. Padronización de las especificidades de una cultura tan compleja y particular como la china y como lo es cada una de las culturas en el mundo. Con el agregado de que, al tratarse de una cultura no Occidental (léase no blanca ni católica, aunque insertada en la economía de mercado) representa ese lado oscuro y reprimido que con tanta obsesión Occidente viene desentrañando desde hace ya cinco ciclos. Y poco a poco vamos adentrándonos en dramas íntimos, en relaciones donde por un lado están los ciudadanos (europeos) y por el otro los no ciudadanos (inmigrantes no europeos). No importa cómo se llaman los trabajadores del Dragón Chino, pues en verdad lo que se espera de ellos es que cumplan bien su labor. Trabajan duro y aparecen con obsesiva frecuencia en la cocina, cocinando, picando verduras, moviendo el wok, describiendo el plato pedido por el comensal... pero el público no sabe ni sus nombres. Ya en el lado de los ciudadanos europeos nos adentramos en espacios de un universo más privado: se trata de sus hogares, localizados en el mismo edificio donde funciona el restaurant. Estos vecinos europeos, sin embargo, visitan el Dragón de Oro y se relacionan con los inmigrantes, desencadenando relaciones asimétricas de poder (el vecino que mantiene cautiva a un joven china para prostituirla y satisfacer así su delirante necesidad de poder ) o donde la fascinación por el Otro no es más que una proyección que sirve para imaginarse una vida menos gris y monótona - claro, a costa de imaginar una China distante, milenaria, monolítica, auténtica a todo precio.

El Dragón de Oro critica sin muchos rodeos pero de forma creativa y poética el capitalismo transnacional que se sostiene gracias al trabajo invisible de inmigrantes que aceptan cualquier trabajo en condiciones infrahumanas - ahí están las maquiladoras, los niños explotados, la trata de blancas...los ejemplos abundan en el mundo de hoy y de hace mucho -, todo en nombre de permanecer en el país al que llegaron, pero donde nunca terminan de ser acogidos.

Las escenas se suceden para mostrar cómo, por ejemplo, uno de los personajes almacena sin cesar productos en el sótano de su casa....es el capitalismo acumulativo como paliativo a una vida sin horizontes ni proyectos que movilicen el alma de esas personas. Europa es la enferma, no el chino con dolores. Una mujer que viaja por todo el mundo, cosmopolita ella porque puede pasar todos los controles de inmigración y aduanas gracias a su condición privilegiada de europea, de pronto quiere vivir la vida de un chino pobre através de su relación fetichista con un objeto que aquí no revelaré...en ese deseo no se percibe la voluntad de entender el drama del que vive al lado tuyo, sino el deseo escapista (o talvez la nostalgia de una vida nunca vivida pero imaginada através del cine o la televisón) de imaginarse en un lugar exótico y utópico junto a buenos salvajes que le ayuden a paliar las amarguras de su vida cotidiana.

El Dragón de Oro es la historia de encuentros desiguales, donde actores y actrices encarnan eso que no son: hombres haciendo de mujeres y viceversa, ídem en relación a jóvenes y viejos. Pero hay un elemento en esta obra, tan física y arraigada en lo corporal como marcador de identidad, que no parece ser considerado...la cuestión étnica...No estoy sugiriendo que el elenco deba mostrar rasgos asiáticos. Más bien, indago por los motivos que hicieron que Jorge Villanueva, director del montaje y del grupo Ópalo, evitase confrontar al público con la raza que siendo la más presente en el Perú es convertida en el Otro desde la visión dominante. Salvo Marcello Rivera, los otros cuatro actores tienen lo que en la sociedad peruana se considera piel blanca. Es esto importante en el montaje? Depende de la opción del director, pero en este caso parece que fue un detalle que pasó absolutamente desapercibido, cosa llamativo para una obra que hace del flujo de identidades un eje central. Imaginemos un restaurante de comida rápida en el centro de Lima o en cualquier otro centro urbana con alta densidad poblacional: los cholos o indígenas serían los cuerpos caminando, pelando papas, moviendo cacerolas aquí y allá. En Minneapolis pasa lo mismo. Cuando voy a un restaurante y le doy una ojeada a la cocina suelo encontrar por lo menos un cuerpo latino, cholo o marrón, como a los gringos les gusta decir. Entonces no me parece un detalle menor éste, sobretodo cuando recuerdo un comentario de Gonzalo Portocarrero sobre el mestizaje en el Perú como un proceso que evita nombrar rasgos físicos y por ende no admite que tengamos un cuerpo diferente frente al ideal blanco que domina el imaginario social - basta ver cualquier serie o novela peruana para identificar el modelo de sociedad en el que deseamos convertirnos a partir de los marcadores de clase y raza de los personajes. Sí, pues la tan celebrada diversidad global (a despecho de sus políticas de identidad y multiculturalismos) no elimina la desigualdad, sino que más bien se vale de ésta para aceitar a la máquina del deseo, el capital y la acumulación. Dicho esto, quiero mencionar que tal silencio frente a la diferencia racial es bastante común en el teatro producido y consumido en el circuito oficial del teatro limeño. Por esa razón mi inquietud no se limita al Dragón de Oro, sino que lee este trabajo en relación a una forma dominante de representar y a la vez invisibilizar a los que somos mayoría en este país.

Dicho esto, las actuaciones alcanzan interesantes grados de intensidad y sutileza (cito aquí a los cinco actores, todos de una entrega siempre bienvenida en el teatro: Carlos Victoria, “Grapa”, Marcello Rivera, Claudio Calmet y Laura Aramburú) El espacio escénico es un campo de entradas y salidas de identidades que representa un juego rico de ser jugado y compartido con el público. La superposición de escenas y los múltiples narradores no hacen sino reconocer en clave escénica que el espectador de nuestros tiempos está acostumbrado a lidiar con elementos muy sofisticados en términos de narrativa, representación y desconstrucción del lenguaje (no era así ya desde épocas pasadas, como cuando en el Globe Theater los hombres representaban mujeres? hay toda una dimensión sobre las relaciones de género en esta obra que merecerían un post aparte, por cierto). Para mi gusto, sin embargo, los actores y actrices podrían haber permanecido algo más estáticos cuando encarnan al narrador. Estaban jugando con grados diversos de representación, como quien entre y sale en zonas de ficción y zonas situadas en el acontecimiento presente y material? Y si era así, cuál era la intención por detrás de esto, más allá de tratarse de la indicación expresa del dramaturgo? Es en este aspecto donde observo que faltó algo relacionado con la posición que el grupo tendría sobre la temática discutida por el dramaturgo. Pienso que la figura del narrador abre espacios interesantes no sólo para ejercicios estéticos, sino para recordarle al público que ante ellos se desarrolla una fábula sobre una situación real con consecuencias serias y dolorosas para muchos en el mundo globalizado.

La dirección tiene muchos méritos, comenzando por el efectivo tratamiento del espacio, colocando a los espectadores frente a frente, como un espejo que nos recuerda permanentemente quién soy yo, de dónde vengo y quien está del otro lado, todo en términos corporales y espaciales (gracias por eso)...La sencillez en la elección de los elementos de escena contribuye a sugerir una cierta teatralidad que podría, creo yo, ser algo más expandida si se usasen menos elementos o piezas de vestuario (sólo las estrictamente necesarias) y así quedarse con lo esencial. Pero si algo tengo que decirle al director es que, en mi opinión, ya es momento que se despreocupe un poco de contar historias porque esto lo hace con mucha solvencia y qué bien que sea así. Qué tal, entonces, invertir más energías en hacer que el público mire desde una perspectiva renovada y crítica los problemas planteados por la obra, usando para eso lo que mejor saben hacer los artistas, es decir, el trabajo desde la teatralidad y el lenguaje escénico? Quiero explicarme: la resolución de las escenas es correcta y en algunos casos bastante creativa (cómo en el momento en que los cinco actores llegan al puente de la historia), pero esta capacidad de resolución está al servicio de qué?

Y aquí quiero referirme a los retos que suponen montar un texto tan político como éste - político pero no panfletario - e inventivo en la forma que sugiere su traducción a la escena. Es lícito permanecer en la esfera estética como algo alejado de los problemas del mundo real cuando se aborda un asunto que es el drama que viven en silencio y lejos de los reflectores millones de seres humanos por el mundo? Sí, no deja de ser una posición lícita y muy practicada por artistas de todas las disciplinas. Sin embargo, dónde queda la postura del artista y ciudadano, que escoge referirse a un asunto urgente como éste con el objetivo explícito de contar una historia y sólo eso? Cómo es que el arte y los artistas se posicionan frente a situaciones de injusticia a través de sus trabajos? Es en verdad lo propio permanecer neutrales frente a situaciones de explotación u opresión en nombre de la calidad del producto artístico? De ser así, no están los artistas incurriendo en la indiferencia o, peor, en la complicidad, malgastando así el precioso lenguaje artístico que dominan apenas para demostrar virtuosismo y no para sensibilizar a un público indiferente al dolor de los mal llamados oprimidos? No estoy aquí para abogar por propagandas o pastiches políticos, me aburren desde todo punto de vista. Pero considero que el propio hecho de partir de un texto como éste coloca en discusión y genera cuestiones sobre cómo los artistas nos posicionamos frente al mundo que vivimos a través de nuestras creaciones, especialmente en tiempos como los que vivimos hoy. Habiendo ya visto el montaje de Ópalo (grupo independiente e infatigable en la producción de creaciones teatrales en la cartelera limeña, enorme mérito el de estos artistas), queda en mí fuertemente impresa la voz del dramaturgo, junto con un valioso y muy cuidadoso trabajo escénico para traducir al público dicha voz. Yo, sin embargo, me sigo preguntando: Y dónde queda el punto de vista del director y del elenco? Qué es lo que ellos quisieron decir, comunicar o expresar al escoger embarcarse en este proyecto? Allí se encuentra, creo, el oro del dragón.

Vayan a verla, pues es un estupendo trabajo, y seguimos conversando.

Wednesday, May 4, 2011

Escapando con (algo de) lucidez

y en estos días que vienen, es necesario crear escapismos para huir de la imbecilidad ramplona de las noticias de la tele, de los decretos supremos de verguenza, de la mediocridad del abrazo tibio, del ojo baleado de Osama. escapismos para movernos con alegría, sin olvidar el ojo atento y la palabra certera.