Hay dos viajes que se hacen para llegar a Lomas. Dos.
El primero es el “real”, ése que mi cuerpo experimenta y en el que entro en contacto con todo lo que una ciudad múltiple, desigual, sin centro y sin orden aparente como es Lima. Olores, sonidos, gritos, música de muchos ritmos, voces de cobradores, bocinazos, estímulos visuales donde generalmente la mujer ocupa roles de objeto y el hombre es imaginado macho y dominante. Todo parece pasar al mismo tiempo, sin ningún tipo de orden.
El segundo viaje es éste que narro y en el cual recuerdo lo que fue el primero, en éste invento un orden, pero al inventarlo descubro pistas de una cierta lógica, no tan misteriosa, guiando el aparente caos. En este segundo viaje no estoy sola porque un lector o lectora me acompaña y a él o ella no le quiero contar la misma fábula de siempre, la de que Lomas de Carabayllo es la periferia de Lima y, pucha, qué lejos esta Lomas y cómo cansa este viaje y cómo de pronto el paisaje visual cambia y la modernidad desaparece y allá puedes ver los cerros y en ellos las casas donde los migrantes viven. Es verdad que el paisaje visual cambia, pero tengo miedo de narrar tal cambio desde mi perspectiva limeña para un publico limeño y que mi propio discurso excluya o estigmatice graciosamente a los vecinos de los conos, esos que viajan por largas horas diariamente desde sus casas a sus trabajos por las mañanas y desde sus trabajos hasta sus casas por las noches. Entonces decido mirar la transformación del verde en una ciudad costera y entender dónde y por qué hay verde en esta ciudad.
Todo se vuelve más y más y más gris desde que tomas la Panamericana Norte rumbo al kilometro 34 – sigo hablando desde mi perspectiva de limeña, me doy cuenta de eso, pero decido continuar hablándole a mi lectora/a con la esperanza que disculpe una mirada sesgada, porque cada uno mira usando ciertos lentes. Lima no es una ciudad especialmente verde, es costera, desértica y nunca llueve – apenas cae una fina garúa que la gente local insiste en llamar graciosamente lluvia. Por eso, lo verde es un oasis y lo verde es también la capacidad de poder cuidar a un árbol, un arbusto o un jardín que desafíe al cielo gris y a la tierra, que puede ser marrón o entonces tambien gris. Vamos, lo verde en Lima representa tambien algún tipo de poder económico o status social: es verde aquello que se cuida, se riega y es generalmente aislado del transeúnte común. Es verde el lugar donde el agua no es un problema. No es de extrañar que distritos como Miraflores, San Isidro y otros sean verdes y que a la gente nos guste caminar por sus parques o veredas. Lo verde es en Lima una cuestion de poder y distinción. Eso aprendí y eso me ayudó a mirar la transformación de la que soy testigo cada vez que llego a Lomas de Carabayllo, después de llegar al centro de Lima en taxi y de allí tomar un colectivo que atraviesa bypasses y tuneles en obras.
La ciudad está en obras, la ciudad ES una obra en construcción: es diciembre del 2010 y transitar por la Panamericana Norte es un ejercicio de paciencia y un desafío a las capacidades visuales y auditivas de sus pasajeros, que a punta de viajes diarios donde gastan más de 4 horas han aprendido a desarrollar el sentido de la indiferencia, esa rara energía que te hace inmune a frenazos de choferes de combi, bocinazos de carros a la luz roja y a vendedores cuyos gritos y ocupación del espacio es expansiva, haciendo que todos tengamos que sortearlos, mi cuerpo es frecuente y literalmente forzado a navegar por la ciudad y sin pensarlo racionalmente detecta y evita obstáculos de los más diversos. Además mi mirada se vuelve experta en no mirar y en no sorprenderse frente a nada. No miro a los hombres que me miran , veo sin mirar, pero paso por ellos sin que algún gesto o señal me hagan detener. Es una triste victoria ésta, llamada indiferencia.
Entonces llego al Óvalo Zapallal, que no es un óvalo, sino un cartel que dice “Kilómetro 34”. Aprendí que tengo que doblar a la derecha, aprendí que hay un cementerio y que antes del mismo hay floristas. Aprendí que todo el mundo sabe que no vivo allí. Nadie me lo dice, pero lo percibo. Más importante, mi cuerpo lo percibe, son mis ropas, a veces son los lentes de sol que llevo porque el sol quema, pero qué raro, nadie más usa lentes de sol por aquí. Tomo el último transporte, aquél que me conduce hasta la pista. A veces tomo el micro celeste, ése que le llaman el chino, un bus enorme de color celeste que recientemente viene cumpliendo la impresionante ruta Villa el Salvador-Panamericana Norte. Es grande, cómodo y sólo pago cincuenta centimos hasta llegar a la avenida – así se llama el paradero en el que bajo para llegar caminando al colegio: avenida bajo. La otra opción es pagar un taxi que me cobra 5 soles sino regateo y consigo que el chofer me haga la carrera por 4. La otra opción, esa que ahora evito, es un colectivo atiborrado de gente, personas que llevan de todo porque vienen de hacer compras de Lima – botellas de agua, verduras, cajas con golosinas, esos pasajeros transportan mercadería que venderán en sus pequeños negocios. Este último transporte es inseguro, insalubre y la música llena cualquier atisbo de silencio.
Bajar de la avenida y llegar hasta Nueva Jerusalén es el momento donde lo verde se vuelve entonces rareza. El polvo, la tierra dominan el lugar. Lo que le llaman avenida es la avenida por donde circulan buses, combis, camiones y vehículos privados, pero para entrar a Nueva Jerusalén entras a un camino de tierra donde cualquier metro cuadrado asfaltado es producto de la terquedad de los vecinos de la zona. No hay pistas.
No es la primera ni será la ultima vez que visito Nueva Jerusalén, lugar al que vine por primera vez a dictar una clase de teatro y al que regreso siempre para entender no sólo al lugar ni a esa abstracción llamada sociedad peruana, sino a mí misma como partícipe de ésta. Los niños de la zona, los que estudian teatro los fines de semana en el colegio Manuel Scorza me conocen. Camino por las calles de tierra de la zona y algunos niños me saludan y me dicen “profesoraaa!”, aunque ahora no enseñe nada. Algunos niños como Dayana sonríen, gritan mi nombre y corren para abrazarme. Qué rico abrazo. Después de eso continúan jugando en calles sin asfaltar y sin jardines. Yo jugaba mucho en los jardines de las casas vecinas a la mía cuando era niña y me escondía detrás de arbustos y olía flores y petalos y hojas y todo eso era parte del paisaje. Aquello que estos niños no tienen. Pero además de la falta de verde hay el olor. A veces percibo algo quemándose a lo lejos y tal olor permanece durante la mayor parte del dia y nadie dice nada, es otro detalle que puede tranquilamente hacer parte del paisaje. No es justo, pienso.
Hace más de veinte años algunos vecinos llegaron a este lugar, cada uno con una historia diferente, con un equipaje diferente, desde un lugar diferente, pero que desde Lima conocemos como provincia. Provincianos que al llegar a Lima se convierten en cholos. No es que ellos se denominen asi, ni siquiera se denominan indígenas, que en muchos casos se convierte en palabra problemática dadas las tensiones raciales que un país colonial como el Perú arrastra. Pero estos provincianos son, en este lugar, vecinos. Unos, como el señor Pujaico, vienen de Ayacucho y desde chicos conocen Lima, otros como la señora Teodora llegan de adultos desde Piura. Pero aquí, en Lomas, todos son vecinos y es así que vienen construyendo una identidad de grupo y una relación con el espacio hostil en el que se afincaron. Son vecinos en relación a Lima. Y estando en Lima saben que son diferentes a los limeños – Lima es un lugar que queda allá, afuera. Llamarse vecinos es la manera como “ellos” se diferencian de “nostros”.
Los bordes existen y se manifiestan no solo en la mayor o menos presencia de agua o asfalto, sino en la manera cómo los grupos y sus cuerpos se definen en relación a otros. Esa es una lección que cualquier individuo que emigra de la sierra a Lima aprende rápidamente. Cuáles son los espacios de la ciudad a los que puedo acceder y cuáles son aquellos que me son vetados – garitas de control, vigilancia permanente, guachimanes (muchos de ellos luciendo la misma apariencia física que la del sujeto excluído), cartelitos por doquier “la empresa se reserva el derecho de admision”, es muy fácil saber dónde serás o no aceptado. Bueno, pero también puedes entrar a un hotel o restaunte exclusivo si consigues trabajo en ellos, en ese caso serás parte de la fuerza laboral que trabaja en tales espacios cerrados y excluyentes. Como el extra que toda película glamourosa necesita.
Vuelvo a Lomas. No hay razón para insinuar que este lugar es sucio y tengo miedo que mi lectora/a haya deducido que la zona es sucia por que no hay los servicios de agua y desagüe. Al contrario, hay una obsesión por mantener bajo control el polvo, la tierra, echando agua para evitar que los carros que pasan levanten polvo. Un restaurante al que a veces voy tiene un piso de cemento escrupulosamente limpio, casi brillante. No sé cómo lo logran. Superficies recién limpiadas, por donde aún detecto el reciente paso del agua. El piso, la mesa, el estante. Pero su gente espera que esta vez Sedapal cumpla lo ofrecido y se dé la buena pro al mejor postor para empezar las obras de instalación de agua y desagüe. Sólo después de eso se podrá pensar en asfaltar pistas y calles, para que nunca más un carro pasando levante el polvo que ahora se respira. Aqui tener agua significa comprarla, se compran vidones del camión cisterna que pasa muy temprano, a eso de las 5 de la mañana tocando la bocina y subiendo cuesta arriba – esto es una loma, no lo olviden. Aqui el agua cuesta más por metro cúbico que lo que pagan los vecinos de distritos como Surco o la Molina. No es irónico que quien menos tiene pague más por un servicio básico?
Por eso la marcha de finales de noviembre de este año, para pedirle a Sedapal y al gobierno que honren las promesas hechas a lo largo de todo el 2010. Pero la marcha, cuya destino original era Palacio de Gobierno fue desviada, pues tiene una fuerte competencia: los Príncipes de Asturias visitan Lima y hoy día van a Palacio de Gobierno y al Congreso. Estoy caminando lado a lado con las vecinos y vecinos de Lomas y pienso en la ironía que es la simulteneidad de los hechos. Más tarde veré en el noticiero de la noche el hermoso vestido que la esposa del príncipe llevaba. Ella es delgada, regia y usa zapatos de tacon. Las mujeres con las que marcho son a veces más jóvenes que yo pero lucen mayores, algunas tienen un cuerpo que se ensanchó debido a múltiples embarazos o simplemente a la vida dura, y siempre usan zapatillas – te imaginas andar en zapatos de tacón cuando tienes que caminar por arenales y subir y bajar de micros? Por la noche no veré ninguna imagen o comentario sobre la marcha pacífica desarrollada por los vecinos de Lomas. Ni una sola camara de un canal de señal abierta: los dirigentes vecinales saben de eso y, megáfono en mano, comentan: donde están los periodistas, dónde, vecinos? Han desviado la trayectoria de la marcha para llegar no a Palacio sino a tres cuadras del Congreso, en la Avenida Abancay, a una distancia prudencial como para no desentonar con el color del vestido de la esposa del príncipe. Los periodistas comentan por la noche el encanto de la esposa del Príncipe Felioe, su vestido casual y elegante, el porte varonil del príncipe. Es el día que la revista Cosas habia soñado para el Perú. El Peru avanza.
Los vecinos ocupan la Avenida Abancay mientras algunos dirigentes se reúnen con el viceministro de Vivienda y Construcción, el presidente de Sadapal y el alcalde de Carabayllo (Lomas de Carabayllo pertenece a Carabayllo, a despecho de la distancia que les separa), la consigna es no movernos sino hasta que salga algún acuerdo escrito con las autoridades. La mayor presión que moradores de asentamientos humanos pueden hacer para lograr ser escuchados es através de la ocupación que con sus propios cuerpos realizan en lugares públicos, donde tal presencia interrumpa y desestabiliza el libre tránsito de vehículos y otros cuerpos. Mientras camino lado a lado con estos vecinos recuerdo las muchas veces que en el noticiero de señal abierta la voz en off hablaba de la acción de manifestantes bloqueando el transito o cerrando el paso de alguna carretera. Ahora estamos sentados o parados en la avenida abancay, simplemente esperando, mientras el sol nos quema, el calor aumenta, las chompas ya no nos cubren. Tomar agua, comprarse un helado se hace imperativo. Las conversaciones entre vecinos, bromas y fotos ayudan a hacer pasar este tiempo que a veces se hace demasiado largo.
Pienso en el trayecto Lima-Lomas como un viaje de ida y vuelta que sin embargo es desigual. No es lo mismo para mí ir a Lomas y quedarme unos días por allá. Al final habrá un momento en el que yo regrese a casa, tome un baño de agua caliente mientas vea el agua corer desde los caños de casa. Para los vecinos de la zona su casa es allá. Pienso en lo que es tener en el bolsillo 6 u 8 soles para ir y volver a diario, sin opción de tomarse un taxi porque el colectivo está demasiado lleno y el transporte pùblico en esta ciudad es una experiencia humillante. Hay que aceptarlo nomás, asi caballero no más. Y el ejercicio diario de la indiferencia para poder vivir un día y después del otro. El polvo, la basura que desde algún lugar alguien quema, las minas de minerales que los niños saben decirte dónde quedan, las ladrilleras donde adolescentes sin secundaria completa trabajan, el Principe de Asturias oliendo a perfume francés y vistiendo un terno de color gris impecable, la necesidad de fortalecer lazos de cooperación económica con España a costa de ignorar a un grupo de hombres y mujeres que decidieron con anticipación, hoy vamos a Lima a que nos vean, a que oigan nuestras voces para pedir lo que venimos esperando pacientemente. La deliberada indiferencia del periodismo en cubrir una marcha pacifica donde se reclama el derecho al agua y desague combina con el gris del cielo y del terno del príncipe.
El Estado es una figura ambigua en zonas como Lomas, Alan García, ese presidente cuya gordura expresa corporalmente lo desigual que es este país, ha venido ya a hacer promesas y hasta ahora nada. El estado parece un esposo infiel que viene a jurar amor en epoca de elecciones pero después se olvida de todo lo prometido, una vez que alguno de los candidates consiguió lo que buscaba. Pero la opinión pública tampoco ayuda. La opinión pública simplemente no mira, no dice nada, voltea la mirada. A veces son las mismas personas que protestan porque Julian Assange, el cerebro detrás de WikiLeaks, ha sido arrestado en Londres, aquellos más sensiblizados con las injusticias en el mundo son los que no tienen nada que decir cuando grupos de inmigrantes andinos que tienen mas de veinte años viviendo en Lima aún no tienen aceso a agua potable. A veces son los que hemos votado para elegir a una alcaldesa de izquierda, porque es hora de construir una ciudad para todos, a veces somos los que decimos querer una sociedad más justa los que olvidamos que aquellos que protestan lo hacen porque es a veces el único mecanismo que parece funcionar para que el estado, el mercado, la prensa, alguien, carajo, te mire y repare en tu existencia y escuche lo que tienes para decir: hace años que vivo y trabajo en Lima, pero no tengo agua ni desague en casa y hay muchos niños por donde vivimos. En estas ocasiones nadie dice la palabra emprendedor, esa, que hoy en dia se ha puesto de moda en los discursos que ensalzan la creatividad peruana. Los vecinos y vecinas de Lomas son los emprendedores que están buscándose las oportunidades que ni el estado ni el mercado les ofrecen. Pero como a veces ya está bueno de esperar, hoy cierran una avenida importante en el centro de Lima a pedir eso que otros usan para lavar sus carros a diario.
Y entonces me doy cuenta que hay un tercer viaje que estoy aprendiendo a discernir, ése que hacen los vecinos de Lomas a Lima. Este tercer viaje no es el mismo que el que hago yo cuando voy desde Lima a visitarlos.
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